Queridas hermanas e hijas tomo esta oportunidad para bendecirlas en el nuevo año 2008 y desearles paz, prosperidad, más revelacion de la palabra de Dios y una mayor intimidad con el Espíritu Santo.

Les quiero dar un testimonio de la forma tan maravillosa en que Dios ministró a mi vida en una ocasión mientras escuchaba a mi esposo Rubén Hernández, predicar un mensaje sobre el tema: “Ser adorador te va a costar”. Ese día Dios me reveló de forma muy sencilla, pero simultáneamente dolorosa, esta gran verdad sobre lo que cuesta ser una verdadera adoradora.

A veces pensamos que ya hemos dado todo a Dios hasta que llega un momento cuando Él nos pide algo que nos toma por sorpresa. Es entonces cuando comenzamos a entender que aun no lo hemos entregado todo.

Recuerdo que ese domingo estábamos en una hermosa iglesia en Puerto Rico y mientras mi esposo ministraba la palabra yo sentía como el corazón me temblaba y no podía contener un raudal de lagrimas que corrían precipitadamente de mis ojos. Sentía con tanta fuerza la presencia y la voz del Espíritu de  Dios que me pedía en aquel momento, por segunda vez en mi vida, algo que ya le había negado en primera instancia. Mientras Rubén explicaba cada detalle del sermón, mas fuerte se hacia sentir aquella voz interna, firme, pero amorosa, que me hablaba con una claridad imposible de obviar.

Dios me estaba pidiendo que le entregara mis anillos de boda. Eran unos anillos muy hermosos de oro amarillo con 17 diamantes espectaculares, que mi esposo me había regalado hacia tantos años. Recuerdo que yo le decía al Señor en mi corazón: Estos anillos no son míos. Tengo que pedir permiso a Rubén, pues él fue quien me los regaló y esto tiene para ambos un significado muy profundo y especial. No puedo dártelos. A esto Dios insistía diciendo: Yo sé que son tuyos. Que eres la dueña y que es tuya la decisión de entregármelos.

Luego de unos minutos que parecieron una eternidad en esta angustiosa situación, por fin accedí y le dije: Muy bien, te los entrego. Entonces en la misma silla donde estaba sentada levántate mis manos en adoración y me quite mis anillos y los alce al cielo y le pregunté a Dios: ¿Qué quieres que haga con ellos, mi Señor? A lo cual Él contestó que se los diera a una hermana recién casada que estaba en la iglesia. Al final del servicio me acerque temerosa a mi esposo, luego que terminó de predicar y le mostré lo que Dios me había pedido, mis anillos de boda. El se quedó un tanto asombrado y dijo: “Bueno, aya tu” como si se hubiera molestado o no entendiera la razón de mi decisión. Al instante, busque a la hermana y le entregué mis anillos y sentí como si hubiera alcanzado una revelación más elevada de lo que en verdad costaba ser adoradora.

Así que ahora, había entregado a Dios mis anillos, sembrándolos a una joven recién casada. Mi esposo no estaba muy contento con el asunto y yo no sabia cuales eran los planes de Dios en todo este lío. Dos semanas después Rubén me pregunto: ¿De verdad estas convencida que fue Dios quien te pidió los anillos de boda? Y yo conteste con toda firmeza que sí estaba convencida. El entonces me dijo: Muy bien, que sea Dios entonces quien te regale otros por que yo no seré” Esto me causo cierta tristeza pues yo había estado molestando al Señor para que tocara a Rubén y me comprara otros.

Apreciadas hermanas mías, pasó todo un año y yo tristemente miraba mi dedo vacío sin anillo y esperaba, esperaba, esperaba, que pasara algo. Una vez orando en casa le pregunté al Señor: ¿Cuándo vas tocar a Rubén para que me compre mis anillos? Y Dios me contesto: No será él quien te los de, seré yo. Al instante se me quitó aquella angustia que tenia en mi pecho y sentí paz y entregué todo en sus manos.

Dos semanas más tarde mientras estábamos de nuevo en Puerto Rico en un Congreso de Adoración y Alabanza, Dios le habló a una sierva suya diciéndole que me entregara unos anillos que tenia guardados por varios años. La hermana llegó a una Iglesia donde estábamos ministrando y me los entregó. Cuando abrí el cofrecito quedé maravillada ante la magnitud de lo que Dios había hecho. Los anillos que mi esposo me había regalado los cuales yo había entregado a Dios tenían 17 diamantes y estos que ahora el Señor me entregaba tenían 38. Tanto mi esposo como yo quedamos anonadados ante tal acontecimiento. Por supuesto, me los puse y me quedaron: Como anillo al dedo. Dios me había enseñando algo sumamente espectacular. “ Ser adorador de va a costar”